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lunes, 21 de febrero de 2011

CINCO RAZONES PARA QUEDARSE EN CASA


Estos días ando muy cabizbaja, como esperando una hecatombe. Resulta que eché mi currículum para conseguir un puesto de trabajo que me encanta, y encima me preseleccionaron. En estos días me dirán si lo logré o no. Y durante esta tensa espera, se me pasan por la cabeza mil razones para no querer que me den el puesto y poder seguir inmersa en mi mundo de reclusión aquí donde las vacas pastan. Me gustaría comentar algunas de esas razones de peso:
1) Si te quedas en casa, puedes ver los programas mañaneros
¡Sí!. Si no tienes que salir a trabajar, puedes cambiar frenéticamente de canal hasta eso de las 12 de la mañana y siempre encuentras algo de provecho. Mientras los otros sufren en los atascos y luego en sus trabajos soportando jefes prepotentes y compañeros cotillas, tú te haces un café con total parsimonia y te chupas todas las noticias sensacionalistas tanto del ámbito político como social, mientras te deleitas con concursos de imitadoras de Shakira, te dan consejos sobre cómo eliminar el exceso de sudoración y te presentan cualquier tema que evite que tu mente se ejercite demasiado y llegue a cansarse.
2) Si te quedas en casa, no tienes que depilarte
Así es. La vida casera produce una profunda distorsión de algunos sentidos, o mejor dicho una adaptación de ciertos receptores sensoriales, como los de la retina, que ya no perciben con nitidez ciertas frondosidades corporales. Esto te permite centrar tu atención en cosas mucho más interesantes, como, por ejemplo, las mencionadas en el punto 1. Además, siempre es más sano y natural dar rienda suelta a todo aquello que la evolución y los genes nos han brindado.
3) Si no sales, no ensucias ropa
Ésta es sin duda una gran ventaja, sobre todo cuando no tienes lavadora. Hay que tener en cuenta que el calor húmedo provoca que huelas a tigre y de paso también tu ropa, lo cual hace casi indispensable lavar la misma aunque sólo te la hayas puesto una vez. Puedes evitar fácilmente todos esos problemas quedándote en casa, con el mismo trapito 3 días seguidos y a los 3 días tienes una modesta colada de tan sólo un vestido de andar por casa y tres bragas, lo cual es manejable y muy cómodo.
4) Si no sales, puedes dar rienda suelta a tus michelines
En casa no tienes la necesidad de andar disimulando tus mantecas ni tratar de meter barriga según en qué posturas. Puedes permitirte el lujo de desparramarte sobre la cama, el sofá o la silla sin miedo a las críticas. Además, sigues cebando tu envoltorio adiposo que, en tiempos de sur -que son terribles- constituye la capa aislante básica para crisis térmicas.
5) Si permaneces en casa, vigilas a tus animales
Es la solución perfecta para evitar sorpresas desagradables como encontrarte al volver varios hoyos de medio metro de profundidad que ha excavado tu perro, jodiendo así tu adorado césped. Estando en casa, puedes echar un vistazo por las ventanas de vez en cuando y si ves al perro en posición sospechosa, le pegas un alarido o lo amenazas con objetos lacerantes. Además, vigilas a los gatos para que no destruyan tus muchas plantas en formación y no hurguen las bolsas de basura que llevan una semana esperando que pase el camión, evitando así el molesto esparcimiento de tus inmundicias.
La verdad es que en estos días podría conseguir un interesante trabajo en una interesante institución, consiguiendo así ganar más dinero, ejercitar mi cuerpo y mi mente y adquirir más cultura y contactos sociales. Sin embargo no se puede negar que las cinco razones expuestas más arriba tienen suficiente peso como para que me sea imposible entrar en depresión si hay alguien, que según otros alguien, es más adecuado que yo para ocupar ese puesto. Yo podré seguir permitiéndome todos estos lujos y él no. Pero eso sí: si me llaman, me depilo inmediatamente.

viernes, 11 de febrero de 2011

MATRIOSKAS


Viví hasta los veintiséis encerrada en una jaula. Mi madre nunca quiso tener en casa animales que no fueran racionales, aunque un día, en complot con mi padre, le endosé un pato de la Alfalfa, que vivió mucho tiempo en casa como si fuera un can. Rocky –nombre con el que bauticé al pato después de haberme enamorado perdidamente de Rocky Balboa-  era muy educado e incluso logré amaestrarlo y hacer que tirara muñequitos de cerámica con el pico cuando yo se lo pedía. Rocky se duchaba en la bañera como las personas y se acostaba cuando escuchaba la sintonía del telediario. Realmente era un pato adorable y muy casero.
Cuando se hizo grande mis padres me convencieron con mucha mano izquierda  de que Rocky debía vivir en un hábitat más acorde a su naturaleza y rodearse de sus congéneres. Yo accedí  y entonces anillamos a Rocky con un arito naranja y lo llevamos un domingo a la laguna del Parque de los Príncipes con gran pompa y ceremonia, incluido el equipo fotográfico completo. Convencidos de que hacíamos lo mejor para Rocky, lo soltamos en las tranquilas aguas de la laguna, donde nadaban plácidamente montones de patos. Nos sentamos en los veladores que había cerca a tomar un café mientras divisábamos a Rocky y analizábamos la reacción de los patos del parque ante su presencia. Entonces, de repente, Rocky emergió de las aguas gritando despavoridamente mientras unos tres patos lo perseguían con el pico de par en par y las alas extendidas. Rocky, buscando protección, irrumpió en el área de los veladores causando estragos entre los clientes, que salieron de estampida ante la presencia de una bandada de patos enloquecidos. Definitivamente, a Rocky le estaba vetado el Parque de los Príncipes. Lo llevamos de vuelta a casa en su caja de cartón, pero luego mi abuela se apiadó de él y lo llevó a vivir al pueblo, donde la acompañaba a casa de las vecinas, comía melón picado y tuvo muy buena vida hasta que murió de viejo, gracias a que mi abuela no se dejó convencer por su malévola vecina, que le sugería convertirlo en pato a la naranja.
Esa fue mi primera experiencia con animales en casa. Luego tuve una tortuga llamada Linda que murió rápido, también una gran colonia de caracoles que traje del colegio e invadieron techos y paredes, y por supuesto gusanitos de seda como casi todos los niños en aquella época. Pero mis primeras experiencias con perros fueron en el pueblo de mi abuela. Su casa tiene patio y corral, y como yo siempre viví en una jaula, ir allí me fascinaba. Jugar con el perro de mis abuelos era una mis diversiones favoritas cuando iba al pueblo. Primero fue Tarama, que era tan bueno que cuando yo era chica y me echaba en su cama me dejaba sitio. Además era tan limpio que cuando mi abuela pasaba la fregona no le pisaba lo mojado. Mi abuelo le apartaba comida de su plato y Tarama no se desprendía de él para nada. Tarama murió de cáncer, muy mayor, y mi abuela adoptó a Chiti. La primera vez que lo vi estaba dentro del delantal de mi abuela. Chiti se revolcaba por el suelo como una pelusa cuando nos veía llegar de Sevilla en el coche, lloraba y gritaba de alegría. Tenía una novia llamada Linda que era la mascota del de la taberna y ella lo visitaba todos los días en la casa, hasta que la atropelló una moto y murió, y Chiti estuvo sin comer muchos días. Me gustaba irme al campo con Chiti a pasear, yo sola, y de paso me fumaba un par de cigarros, porque en casa no sabían que fumaba. Chiti también iba todos los días al campo con mi abuelo, que era un solitario. Cuando ya tenía Alzheimer, se perdió y se cayó por un barranco. Fue Chiti el que vino a avisar a casa ladrando desesperado y entonces salió una pequeña expedición de vecinos a buscar a mi abuelo de noche y con linternas, y lo encontraron gracias al perro, que indicó dónde estaba. Chiti murió de viejo, todo canoso, rodeado de su familia.
Después de mis pequeños intentos infantiles de criar animales y mis contactos esporádicos con seres vivos domesticados, al fin llegó mi hora. Mi desquite, mi venganza. Ahora estoy cumpliendo mi sueño de tener matrioskas vivientes en mi propia casa. Y es que cuando trajimos una, en realidad llevaba muchas dentro. Mi casa está invadida de gatos, han tomado el lugar, se han hecho con el poder, dominando inclusive a los perros.
Es increíble en qué grado se cumplió mi sueño de no tener hijos sino bichos. Ahora, una marabunta felina me sigue cada vez que hago sonar una bolsa de plástico, una tropa de gatos me recibe cuando vengo de la calle y todas las mañanas hay mininos asomados en las ventanas emitiendo lastimeros maullidos para que les permita ingresar y echar una siesta en mi cama.
Ahora, si me tumbo en la hamaca siempre hay un gato abajo que se pone de pie para pincharme el culo, otro que se me posa en el michelín porque le gusta el balanceo y varios sentados alrededor custodiando mi descanso. Ya no puedo podar mis plantas sin tener varios intrusos atentos a las ramas que caen, ni me falta un perro o un gato que abrace mis piernas cuando estoy lavando ropa. Tampoco falta ya abono en el césped ni discusiones onomatopéyicas entre mis animales y yo. Para mucha gente, esto es un engorro de primera, y aunque no puedo negar que lo es un poco, estoy disfrutando de los animales por los veintiséis años que no pude. Hay gente que no lo entiende, pero también hay mucha gente a la que no entiendo yo.


viernes, 4 de febrero de 2011

MI PRIMER ESTUDIO ETOLÓGICO


En este lugar hace mucho calor y la gente trabaja muy duro, así que no es extraño que después de un agotador día de trabajo a muchos les apetezca  ir a saborear unas cervecitas en lugar de volver a casa, ducharse y recostar el lomo sobre la cama. Además… ¡qué cerveza la de aquí! 100% nacional, premiada en varios países del mundo, realmente irresistible. Y como en cualquier esquina pillas un cuchitril con 10 sillas, 5 mesas y un buen arsenal de cerveza, por qué no hacer un paradita y dar rienda suelta a tus más bajos instintos.
Es curioso como el comportamiento de muchos borrachos se asilvestra cuando se encuentran en el éxtasis de su delirio etílico. Esto nos permite describir e incluso predecir con lujo de detalles la etología de dichos ejemplares.  A continuación, algunas características sobresalientes de los mismos:
- Muestran, inicialmente,  una elevada sociabilidad: los individuos comparten con sus compañeros de trabajo o vecinos. Sus potentes feromonas, segregadas y acumuladas durante toda la jornada, los ayuda a reconocerse y encontrarse, sintiéndose entonces parte integrante de la manada, creándose así un ambiente de familiaridad y distensión que facilita la comunicación entre ellos. Son comunes los alaridos, las palmaditas en la espalda y un evidente apasionamiento respecto a situaciones simples. Asimismo, en esta etapa muestran una amplia solidaridad, colaborando todos los miembros del grupo en las tareas de suministro.
- Se incrementa su consciencia respecto a la presencia de ejemplares femeninos en la zona: los especímenes van desplazando su foco de atención, de manera casi imperceptible, desde su eje comunicacional a la periferia, con la intervención predominante de su visión panorámica- similar a la de los camaleones- en la captación de posibles parejas sexuales. En ese momento, su comportamiento se torna vistoso y muy complejo, con un incremento científicamente demostrado en los decibelios de sus expresiones sonoras, experimentando además un despliegue de extraños patrones físicos como arqueamiento de brazos - para simular fortaleza-, encogimiento de barriga – para adoptar la clásica forma de triángulo invertido que atrae visualmente al sexo opuesto- y si el lugar de reunión dispone de karaoke, exhibición de espantosos alaridos. Es de suma importancia indicar que, desde nuestra visión eminentemente humana, los sonidos emitidos en este punto por los miembros de la manada pueden resultar desagradables e incluso confundirse con expresiones sonoras que denotan agresividad. Sin embargo, hemos de abandonar esa constante ansia de humanización de los comportamientos salvajes, valorándolos en su justa medida y comprendiendo que responden a instintos que difieren en muchos aspectos de los comportamientos humanos.
- La competencia intraespecífica pone de manifiesto los mecanismos íntimos de la selección natural entre los individuos del grupo: la fase anterior deriva de manera inexorable en una crisis competitiva.  La presencia de las hembras captadas a través de las antes citadas señales sonoras y corporales, estimula una potente emisión de hormonas testiculares en los miembros del grupo, que supera sensiblemente a la secreción de feromonas inicial, desencadenándose un proceso que, una vez alcanzado el umbral, no es reversible. Paralelamente al aumento en la ingestión de alcohol etílico, se presenta un incremento en la agresividad de los miembros del grupo, todo ello encaminado a la perpetuación de la especie. En este punto, que denominaremos C - relativo a “crítico”- se advierte una descomposición de la colectividad, evidenciándose que los ejemplares presentan potentes descargas cerebrales en el área encefálica que desempeña funciones memorísticas. La competencia por las hembras, como se ha comprobado, es tan sólo un mecanismo selectivo que desencadena una lucha encarnizada por situaciones no sexuales que involucran a varios miembros de la manada., ya sea una deuda no cancelada o una broma sin gracia. En dicho punto C, las relaciones entre los ejemplares sufren una violenta crisis, que puede ser reconocida fácilmente, inclusive por principiantes en el estudio de esta especie. Los signos más sobresalientes son las agresiones verbales y sobre todo físicas, directas o indirectas, utilizando objetos altamente elaborados como botellas, sillas o mesas, con la intención de someter al rival. Ello nos demuestra que esta especie goza de procesos mentales muy elevados, sofisticadas conexiones neuronales  antes desconocidas que ponen en duda la supremacía de la especie humana en lo que a inteligencia se refiere. Sin duda, los resultados de este estudio representan la muerte de un axioma.
Queridos amigos, esta es una pequeña muestra de mis profundos estudios acerca esta especie tan común e incomprendida. Especie acerca de la cual nadie ha hablado de manera científica y contundente hasta la publicación de este artículo.
Quiero dedicar las conclusiones de este arduo estudio, que estuve llevando a cabo a lo largo de nueve años, a las siguientes personas e instituciones:
- A los ejemplares estudiados: por su falta de decoro, la cual me facilitó sobremanera el proceso de investigación.
- A mi universidad: por haberme provisto del vocabulario científico y las bases teóricas inútiles para muchas cosas, pero necesarias para la argumentación de este trabajo.
- A mi mejor profesor -mi profesor de Biología del colegio-, José Antonio: por haberme despertado el verdadero interés por la naturaleza, y que seguro se sentirá orgulloso del nivel que han alcanzado mis investigaciones.
Pero esto no acaba aquí.



domingo, 30 de enero de 2011

REALIDADES


Me encanta encontrarle el lado cómico a la vida, nunca pienso perder mi sentido del humor. Pero lamentablemente a veces ocurren cosas a tu alrededor que consiguen decaer tu ánimo y que te sumen en una espiral de impotencia, indignación y tristeza durante días. Quizás es por pensar demasiado –a veces pensar mucho no es saludable- y además sentir pena y decepción por las injusticias es una simple pérdida de tiempo. Es cierto. Pero la humanidad siempre quiso conocer las respuestas, mejorar su mundo, rebelarse ante lo que le hace daño…es algo ancestral y ligado a su ser. Esta idea me hace ser menos dura conmigo misma por verme a veces inmersa en neurosis como ésta en la que me siento desde hace unos días.
Todos los muertos deberían tener el mismo valor y conmover de la misma forma, pero por muchos motivos no es así. En este país muere mucha gente de forma violenta y ya nos hemos acostumbrado: comemos viendo muertos en los informativos, vemos cosas espantosas pero forman parte de la rutina. Siempre tiene que haber varios asaltos con muertos, varias violaciones de niñas, varios asesinados por sicarios en plena vía pública…es parte del paisaje. Pero de repente ocurre algo que no sucedió antes, una tragedia que elimina de una vez a mucha gente y para la que aquí no se está preparado, y entonces, la solidaridad crece de manera antes impensable, lloramos al verlo en la tele, nos emocionamos al pensar que alguien sobreviva y se convierte en una crisis colectiva, de la que una misma también llega a formar parte. Me refiero al desplome de un edificio de 10 plantas en construcción, con sus obreros y arquitectos dentro, en pleno centro de la ciudad. Algo que para nosotros es una gran hecatombe por muchos motivos, no sólo por el hecho de los muertos, sino por todas las cosas que esta situación pone en evidencia.
Aquí se intenta vivir bien, dejando a un lado la otra parte de la realidad, tratando de ignorar la grave situación política y económica. Disfrutando en los cumpleaños, en las bodas, en las reuniones entre amigos, haciendo chistes de lo que nos ocurre, tomándolo de forma liviana, como males menores que simplemente están ahí y pronto pasarán.
Casi todos nos hemos sentido impotentes al ver como los familiares de los obreros contaban que algunos apretaron la tecla de respuesta de su móvil de entre los escombros, cuando los rescatistas nacionales decían que les contestaban con golpes cuando los llamaban, mientras cientos de personas voluntarias llegaban para ayudar a sacar escombros, haciendo enormes filas, como hormigas, y gente pudiente y humilde llegaba al lugar con algo de comer o de beber para que no desfallecieran, mientras traían maquinaria especializada y expertos de otras partes del país y cuatro días después, cuando ya era tarde, expertos internacionales.
Alguien me dijo que por qué me afectaba tanto, si todos los días nace y muere gente. Pero más allá de las muertes, existen realidades que son aún más terribles y que te golpean en momentos así, cuando creías estar adormecida, en tu plácida rutina de conformidad.  Las realidades de un país gobernado por un semi-dios que dice buscar la justicia social, cuando gasta millones en aviones privados y satélites y mantiene a la gente en la miseria, sin siquiera paliar la sed y el hambre de los que intentan salvar vidas. Cuando dice que no vino a solidarizarse con las familias por no figurar, aunque sí viajó a Chile a recibir al compatriota atrapado en la mina y poder así pasar a la historia como parte del show mediático planetario.  Realidades como la falta de control en todo sentido, la precariedad con la que se trabaja, la fragilidad de todos ante cualquier desastre y el uso político que se hace de ello cuando conviene.
La realidad de un país que ya tiene muchos refugiados políticos en otras naciones, donde la demagogia es asfixiante  y lo peor, donde tanta gente se deja engañar, como dormida, viendo sólo muertos en un edificio derrumbado, cuando sus ruinas son sólo un triste símbolo de cómo se destruye a un pueblo y se lo mantiene en la miseria con cinismo.
¿Cuándo podrá Bolivia, con toda su riqueza, salir adelante? ¿Cuándo será gobernada por personas que deseen  tener un pueblo con el conocimiento necesario para ser consciente de lo que le ocurre? No puedo encontrar respuestas positivas a mis preguntas y siento que soy testigo de cómo, poco a poco, se va aborregando a las masas, se las va convenciendo, se las va manteniendo a raya, calladas y conformistas, y en muchos casos, víctimas del síndrome de Estocolmo. Y no puedo sentirme ajena a ello, porque aquí vivo y aquí quiero seguir viviendo. Y no me preocupan ya los muertos -están muertos- sino qué pasará con los vivos, hasta cuando permaneceremos sin reaccionar, sintiendo pena por lo que ya es inevitable y mirando impasibles todo lo que se desmorona alrededor.
Son realidades por encima de nuestra realidad personal, la del trabajo diario, la tranquilidad del hogar, la vaca en el camino y el micro viejo. Son realidades que aunque a veces queremos ignorar por nuestra propia salud mental, de vez en cuando se nos caen encima, quitándonos - pero sólo por poco tiempo- el sentido del humor.

miércoles, 26 de enero de 2011

DESPROGRAMARSE

Bolivia

Actualmente existe un gran número de fuentes de información que nos permiten conocer  lo que pasa en muchos lugares del mundo. Hay países que generan más noticias y de otros apenas se habla, pero en los años que llevo aquí me he dado cuenta de algo en lo que nunca había pensado: que estamos mal informados y que nos ofrecen datos muy sesgados. Unas veces es intencional, pero otras se debe simplemente a la falta de profundidad de las noticias.
Por ejemplo, de Bolivia se habla poco- aunque ahora más que antes- y a veces dan informaciones sobre el país que no son ciertas, ofreciendo una imagen totalmente distorsionada de lo que ocurre aquí. Me gustaría dar algunos ejemplos.
Voy a empezar por lo más impactante: la capital de Bolivia no es La Paz. Leyeron bien, no es La Paz. Los libros de texto nos mintieron toda la vida y los informativos lo siguen haciendo. La capital de Bolivia es Sucre y la sede de gobierno es La Paz. En la Paz se encuentran los poderes ejecutivo y legislativo y es una gran ciudad. En Sucre se encuentra sólo el poder judicial y es una ciudad pequeña. Es bastante extraño que un país se maneje desde una ciudad que no es su capital y más extraño aún que el lugar elegido para ello esté en un extremo del territorio y a casi 4.000 m de altura, sobre todo cuando la capital está prácticamente en el centro. El problema de esto es que, como no es un país suficientemente descentralizado, si vives en el extremo opuesto, tienes que hacerte unos 1.000 km y ascender del llano hasta los Andes para hacer algunos trámites, por ejemplo, cuando tuve que ir a La Paz para inscribirme en el registro civil como boliviana. Para un simple papel que se tramita en un día tuve que subir a las montañas, sufrir el mal de altura y prácticamente, viajar a otro mundo. Porque es otro mundo.
Cuando descubrí esto, me quedé totalmente impactada. Sentí que me habían engañado toda la vida. Y me pregunté, si en algo tan simple nos mienten, o al menos nos informan tan mal, ¿cómo será el resto?  ¿Qué nos han enseñado en el colegio, la universidad y a través de las fuentes de información en las que confiamos? Porque ya me queda la duda acerca de la veracidad de muchas cosas que aprendemos, no es posible que esto se trate solamente de un caso aislado. Por probabilidad no puede ser. Y lo más gracioso es que hay gente de mi país que ha tratado de discutir conmigo sobre este asunto diciéndome que estoy equivocada. ¿Qué me equivoco yo, que vivo hace casi 10 años aquí? ¿Confiamos más en lo que dicen los libros que en lo que cuenta quien conoce de primera mano la situación? Así me di cuenta que somos víctimas de los libros y los medios de comunicación. Esto rompió muchos de los esquemas para los que me habían programado.
Sigamos. La mayoría de la gente piensa o está convencida que el lago Titicaca es netamente peruano, pero no es cierto. Aunque la mayoría de su superficie está en Perú, una buena parte es boliviana. Creo que esto ha ocurrido porque Perú es un país mucho más avanzado en lo que a promoción turística se refiere, y la falta de difusión de las maravillas naturales de Bolivia ha provocado que mucha gente asocie el lago sólo con Perú. Aquí se puede ver que la desinformación conduce a una visión sesgada del mundo.
Mucha gente cree que Bolivia es un país exclusivamente andino y eso es totalmente falso. Una gran parte del mismo está formado por tierras bajas semi- tropicales donde hay jaguares, cocodrilos, anacondas y loros multicolores. Inclusive una parte de la Amazonía corresponde a Bolivia. En la tele siempre nos muestran mujeres con pollera, trenzas y niños a la espalda arropados por un aguayo. Hombres con gorritos de lana y ponchos viviendo en paisajes altos y áridos y si es posible, con unas cuantas cumbres nevadas atrás. Esas vestimentas son típicas sólo de la zona andina. No todos los bolivianos usan esa ropa, ni son morenos ni son andinos. Aquí existen 36 etnias y la mayoría son mestizos. El problema es que la zona andina siempre ha recibido más turismo y más proyección internacional, y eso ha logrado que en otros países estén convencidos que Bolivia es sólo un país de llamas y grandes alturas, cosa que molesta a los oriundos de esta parte del territorio, que es fértil, verde y cada vez más poblada y donde se supone ya se asentó la modernidad, la banalidad y el estilo de vida “europeo”, además de contar con los mayores focos productivos y también culturas ancestrales que casi nadie en el exterior conoce. Una vez más, la información incompleta nos hace tener una visión del mundo totalmente parcial, forma en nuestra mente imágenes recortadas de situaciones y lugares y en base a ellas construimos un conocimiento que se ajusta a aquello que las fuentes de información quieren o pueden ofrecernos.
Esto nos ocurre en nuestro propio país, al que llegan muchos extranjeros pensando que nuestro folclore sólo es flamenco y luego descubren que hay una gran variedad de tradiciones, músicas y costumbres. Sabemos eso. Pero cuando vives por muchos años en un país que muy poca gente conoce y observas desde allí lo que se dice de él, sientes que estás al otro lado, que has traspasado la barrera de la información y que debes poner en duda cualquier dato que llegue hasta ti. Si puedes, compruébalo, ve allí, vívelo, habla con la gente del lugar, mézclate con ellos. Y si no puedes, busca, contrasta, investiga, compara.
Quizás algunos ya sabían lo que yo sé, pero estoy segura que muchos lo desconocían. La idea no es demostrar mi conocimiento sobre ciertas cosas, sino reflexionar sobre cómo se descubre que el mundo es mucho más que lo que nos dicen sobre él y que es necesario “áuto- desprogramarse” y construir nuestro propio conocimiento, además de nuestra propia opinión.




martes, 25 de enero de 2011

AVENTURAS EN EL MICRO


Los micros son los mini autobuses de transporte urbano. Se trata normalmente de chatarras importadas de Japón, vehículos en mal estado que allí ya no pueden circular porque no cumplen las mínimas normas de seguridad, pero que aquí utilizamos para nuestros desplazamientos- los que no tenemos dinero para comprar un coche, claro-.
Ir en micro es una experiencia inolvidable y muy folclórica por muchos motivos. Por un lado, suelen tener el techo tan bajo que si te toca ir de pie mejor que no tengas problemas cervicales, ya que la mayoría están pensados para pitufos y tendrás que ir todo el trayecto agachado. Por otro, porque no hay maquinitas para picar bono-buses ni nada similar: el conductor también es cobrador y está altamente capacitado para coger las monedas, contar el cambio y dártelo mientras conduce a gran velocidad – no hay por qué dejar de estar en movimiento mientras se cobra-. Como aquí hace mucho calor y los micros ni soñando tienen aire acondicionado, los choferes no soportan la temperatura de los asientos, por eso les quitan todo menos el armazón y colocan sobre el mismo una red de cuerditas de plástico que permiten refrescar las posaderas y la espalda, además de contribuir al libre albedrío de los gases que eventualmente necesiten ser expulsados.
Mi barrio, como ya saben, está en el extrarradio, allá donde las vacas pastan y las gallinas no conocen corral. Allá donde los patos nadan en los charcos. En este tipo de barrios, los micros son muy familiares, muy solidarios con el pueblo. No es como en el centro, donde simplemente pasan. Aquí pitan por las calles y puedes escucharlos a varios metros. Lo hacen para que los vecinos sepan que están llegando y se den prisa en salir para no quedarse en tierra. Eso de que piten a mi me encanta. Pero aunque no pitaran, el peculiar sonido de sus latas desencajándose en cada bache suele avisarte de que se acercan.
La estética interior de los micros suele ser muy rica. Los hay con los asientos forrados en tela vaquera, con fundas plásticas de función anti- transpirante o con cortinas viejas de floripondios. Supuestamente eso facilita la limpieza de los mismos, pero es una simple conjetura. La parte delantera, donde se encuentra el chofer, suele tener una decoración profusa a base de pegatinas con mensajes profundos, como “El placer de volar” o “Aquí todo es chévere: el carro, la música y el chofer”. Esa es otra, la música. No se puede negar que a falta de aire u otras comodidades, la mayoría de los micros ofrecen a sus pasajeros un buen servicio de hilo musical. Gracias a él uno puede escuchar los grandes éxitos de las Chicas Mañaneras o los hitos del reggaetón a tantos decibelios que la música acaba opacando el ruido del motor, que ya es decir.
Cuando el micro sale del barrio y al fin surca carreteras y calles asfaltadas, es maravilloso. Se alcanza velocidades intergalácticas, dejando una estela de humo negro y un tufillo a quemado que te indica que llegarás con tiempo a tu destino. Más aún si el chofer se pica con el chofer del micro de al lado y se enzarzan en una frenética competición por ver quién llega antes al siguiente rompe muelles. Esta indescriptible sensación de riesgo y aventura a veces se ve truncada por algún enfrentamiento verbal entre choferes, que al grito de “colla maldito” o “cojudo de mierda” frenan en seco a dos centímetros de chocar mientras hacen amagos de bajarse del vehículo para sacarse las infundias. Esto puede resultar más grave si ocurre en las estrechas calles del centro: una vez presencié como un chofer, por apurar el espacio, le rompió el retrovisor al chofer de mi micro. Entonces mi chofer se bajó y con toda tranquilidad le arrancó el retrovisor al otro, llevándoselo consigo. El otro ni siquiera se quejó, lo que me hizo pensar que realmente tienen formas de comunicación y resolución de problemas  muy sabias y ancestrales.
Muy interesante también es observar lo que ocurre cuando el micro pasa por un mercado de abasto. Cantidades ingentes de personas esperan allí su línea, cargadas con sacos y enormes bolsas por donde asoman cebollas, sandías y de todo. Muchas veces sus compras están en una carretilla, que es empujada por un carretillero al que contratan para que les ayude a trasladar la carga y subirlo todo al micro. Entonces, se abren las compuertas- que son manuales y se accionan con una palanquita que tira de un hilo- y antes que te des cuenta el micro está invadido por toda clase de verduras, ocupando gran parte del espacio anterior y obligando a los nuevos pasajeros a realizar peligrosas contorsiones si es que quieren pasar hacia atrás. Y si ya no hay espacio, existe la modalidad de “transporte sin capota”, que consiste en ir colgado como un mono de la barra que está sobre la puerta y sólo con los dedillos de los pies dentro del micro. Es refrescante y no sería una gran pérdida para nadie si te caes en una curva, mientras sigan a salvo los tomates. Además llevar la puerta abierta ventila y hace más llevadero el olor a cebolla.
Como ven, ir por la ciudad en micro es una experiencia divertida  y enriquecedora. He llegado a la conclusión que aunque tuviera dinero, no me compraría un coche.

COMPATRIOTAS


Creo que es muy común que a las personas del mismo origen que emigran por un largo tiempo a otro país les dé por asociarse entre ellas. Pero no es mi caso.
Desde que estoy aquí sólo me he relacionado con compatriotas de manera casual y aunque inicialmente me parecía importante relacionarme con personas de mi mismo origen, enseguida desistí. Por una parte, no tengo ningún interés en pertenecer a un gueto y por otra, no me siento ya miembro de una cultura en concreto, ni creo que mi origen me describa o identifique especialmente.
La mayoría de los compatriotas que he conocido aquí parecían sentirse incómodos con lo que les rodeaba: personas, cultura, clima, comida. Casi todos hablaban con cierto desprecio sobre su vida cotidiana aquí y parecían no poder sobrevivir mucho tiempo sin tener cerca a su familia, sus costumbres, sus calles y hasta sus aceitunas con anchoas. La mayoría de esas personas por supuesto ya no viven aquí.
Yo me pregunto si seré un ente frío y distante, o como dice mi madre una descastada, pero no lo veo así. Es verdad que en algunos momentos he sentido rabia e impotencia por diferentes motivos, pero nunca hasta el punto de pensar que no lo soporto y debo huir hacia atrás.
He observado que existe un raro síndrome que hace que cuando un español se instala aquí poco a poco vaya adquiriendo un comportamiento que al llegar no tenía. Es como si al sacarlo de su elemento y una vez pasada la novedad, se descolocara y ya no pudiera ver más allá de sus narices. Esto es algo que me ha llamado mucho la atención en estos años y que no esperaba. Pensaba que los españoles éramos “especiales”, que sabíamos estar, que éramos solidarios entre nosotros y generalmente honestos con todo el mundo. Ideas muy infantiles, por lo que podido comprobar. Es como si, al estar lejos del radio de acción de la familia y los amigos que los conocen de siempre y les podrían reprochar su actitud, aprovecharan para hacer lo que difícilmente harían en su país.
En algunas situaciones he pedido ayuda a compatriotas míos aquí. La primera vez fue a mi cónsul, porque la mismísima Migración hizo desaparecer mi pasaporte cuando estaba haciendo mis trámites de residencia. El apoyo moral que me brindó fue reírse de mí y decirme que “nosotros en la época de la colonia les robamos muchas cosas y ahora les toca a ellos robarnos”. Y jamás movió un dedo por ayudarme. Luego, cuando salió del cuerpo consular, me enteré que tenía procesos judiciales en su contra en Bolivia por ilegalidades que había cometido.
La última vez que pedí ayuda a un español aquí, me dijo que “Gandhi sólo hubo uno y Madre Teresa de Calcuta sólo hubo una”, y que era mejor conformarse con la injusticia porque la vida da muchas vueltas y es preferible tener a los malos de tu parte porque luego los puedes necesitar. Y como yo discrepé y reclamé mis derechos, me dijo que lo había traicionado, porque claro, él era uno de los malos. Tan sólo he contado el primer y último caso que me afectó personalmente, pero he visto bastantes más y muchos de ellos no tenían nada que ver conmigo.
Todo esto me ha hecho pensar mucho acerca de quiénes somos, si somos los mismos en casa y fuera de ella, si existe algo que nos define como pueblo. Sabemos que cada cual es único, que tiene sus peculiaridades, pero… ¿realmente existe algo en nuestra cultura que nos hace parecidos? Y, ¿ese algo es lo que pensamos? ¿Nos comportaríamos igual si fuéramos a un país europeo que a un país africano?¿Es voluble nuestra personalidad?
Estas experiencias han hecho cambiar mucho los conceptos que tenía acerca de mi cultura y de mi origen. Siempre trato de estar en contacto con aquello que tenía allí y que sí merece la pena, como mis amigos. Siempre que mi familia puede enviarme o traerme cosas pido algunas típicas, como carteles de feria, cerámicas, comida, DVDs de mi ciudad para verlos una y otra vez. Pero no me siento orgullosa, ni siquiera encantada, de ser de donde soy. No presumo de ello ni lo muestro a los demás como algo que me define. Es algo que queda en mi casa, para mí.
Me pregunto por qué me he encontrado en este país tantos compatriotas que me han decepcionado, que me han hecho pensar “qué vergüenza que sea un paisano”. ¿Debería eso decepcionarme? ¿Deberíamos parecernos en base a nuestra nacionalidad o es que los seres humanos en general tenemos en común una cierta tendencia al abuso, al desprecio, a la falta de solidaridad?
Ante tantas dudas y experiencias, prefiero no pertenecer a ningún grupo. No busco círculos de compatriotas emigrantes, no me interesa asociarme con nadie. No creo lograr sentirme “como en casa” si lo hago. Me siento bien identificándome conmigo misma, siguiendo mi camino y disfrutando constantemente de mi individualidad.